Caballero aguila
Desde niño fui educado en el calpulli, todos éramos hijos de notables, llegaríamos a ser sacerdotes, militares o escribanos, los menos comerciantes. Estrictos los maestros siempre nos exigian ser lo mejor. Sin embargo desde niño mi vocación era otra: viajero, traductor, negociante.
Las mismas viejas piedras que sostenían toda la fortaleza, cimentada una a una, por aquellos que nos precedieron y que hoy no recordamos.
La misma ventana, mirando al bosque, a las montañas, donde las águilas habitan. Mostrando la mejor imagen que los hombres pueden desear.
Quisiera ser esos ojos, esos ojos de águila imponente, que recorren con su mirada todo el paisaje.
Mis manos, tus brazos, nuestras piernas, aquello que hemos soñado juntos y que no hemos podido decirlo, mis manos, tus brazos, nuestras piernas, andando por ahí de bar en bar, tocando por ahí platillos de Zar, sosteniendo por ahí el cuadro de Melgar
