De viaje por la Vida

Thursday, September 14, 2006

Mitos y Realidades.


Juan y María son dos personas que nunca pensaron conocerse. La primera un alumno de carpintería, que vivía al norte de la ciudad. La segunda, una bibliotecaría que vivía por la salida a Cuatzumala, al sur de la ciudad. Coincidencias de la vida, ambos pensaban que el amor era un estado inconsiente del ser humano que levantaba pasiones y guerras. Estaban a punto de conocer el mito.
Un jueves cualquiera en una gran ciudad, la semana a medio morir, el aire húmedo y el smog que se mezclan pintando el cielo. Pasadas las seis, algunos cafés y las plazas se emepzaban a llenar. Los estudiantes empiezan a salir de fiesta, los adultos a plenear los descansos del fin de semana, los más ancianos a anhelar la visita de sus vástagos. Juan caminaba por una gran calzada, toda llena de frondosos árboles y bancas que invitaban a contemplar la vida de la ciudad. María era una de esas personas que tentada por ese deseo había cedido y dejaba que sus brazos descansaran en el respaldo de la banca, sus piernas sobre el asiento y sus suspiros en el aire que pasaba. Ninguno había notado que un tercer personaje entraría en su historia, irrumpiría en sus tiempos. Un malandrín, habituado a ganarse la vida fácil había echado el ojo a la bolsa de María, y ya imaginaba el alcohol y comida que disfrutaría con lo que pudiera sacarle a la billetera de María una vez que hurtara su bolso.
Tres metros, dos, uno, paso a paso el malandrín y Juan estaban a punto de colisionar con la banca donde sentada estaba María, parecía que ambos vivían en mundos distintos, ninguno notó la presencia del otro. El malandrín sacó su puñal y tomó a María del cuello con un brazo y con el que le quedaba libre apenas en un segundo el bolso que estaba a su lado. Juan al oir el grito de María no pudo menos que mirarla y sintiendo compasión por la cara de terror de ella determinó luchar con el ladrón. Entre forcejeos María apenas distinguía a Juan, en danza marcial ambos se batían en duelo; unas veces María presentía que Juan moría cuando el puñal rozaba su cara, su estómago, su ingle. Dos golpes al higado y uno en el brazo bastaron para desarmar al malandrín, Juan pensando que había sido suficiente lo dejo en paz, arrebatándole el bolso y regersando con María.
Ella asombrada por la valentía que le había demostrado su héroe, sintió una admiración que sin querer se transformó en cariño y mucha simpatía por él, bastó con escucharlo para enamorarse: -Hola soy Juan, aquí tienes tu bolso. Y María voló de ahí, las mariposas y las hormigas y todos esos animales que se pasean por el cuerpo aparecieron. De pronto, aquel malandrín que había vuelto con sed de venganza, por la espalda, justo detrás del corazón clavó su puñal en Juan, atravezando pulmón izquierdo y cortando la ahorta derecha de su corazón. Bañadas sus manos en sangre se esfumó por las callejuelas de alrededor.
María apenas lo podría creer, Juan, el muchacho que acaba de conocer, empezaba a morir. Pensar que pudo ser algo más que su amigo, ser su novio, su esposo, el viejo que le recogiera las canas. Todo era un mito, aquel amor era un mito. Llorando se agachó junto a Juan. La tarde murió, vino la noche y María fue a casa, a tomar café a dormir, la vida continúa.