La tambora.

Un pueblo formado por casas escupidas entre montañas y un riachuelo. Calles angostas, tierrosas, con casas de tabique y colado. En el primer cuadro: la presidencia municipal, el parque, la iglesia, el mercado y demás oficinas de gobierno. Desde la cofradía de la iglesia un zumbido se escucha de lejos. Poco a poco, paso a paso, acercándome el ritmo aumenta. El viento, fiel mensajero me dice que estoy invitado a la fiesta. Desfile de tuba, trombón, clarinete y sus respectivos músicos; al compas de La Negra Tomasa dan la bienvenida a los tiempos de fiesta. Todos los sonidos invitados: el do, el re, el mi, el fa, el sol, corteses toman su asiento en la presentación. La sangre poco a poco me empieza a correr mas rápido, un cosquilleo y un tintineo de mi pierna sobre mi pie me anuncian la hora del baile. Alegre le tiendo la mano a la señorita de vestido rosa, cabello recogido, labios rojos, muslos morenos. Esboza una sonria y se pone de pie. Mis brazos en su cintura, mi pierna rozando su vestido, los pies paralelos. Las notas mueven mis pies y sus pies siguen a los míos. Una, dos, tres y vuelta; una, dos, tres y vuelta. Mi mano derecha una cuarta arriba de su cadera, mi mano izquierda suavemente sosteniendo su izquierda. Miro a la derecha, a la izquierda, luego al centro: el juego de las miradas. Paró la banda y cada cual vuelve con sus amigos. Zuzurros y bromas, el rito continua. Una, dos, tres caciones mas. Una, dos, tres miradas mas. De repente, solos bajo el pórtico del mercado, y mis brazos alrededor de su cintura, mis manos en su espalda, mis ojos enfrente de los suyos. Una, dos, tres, es momento de besar. Un dulce y suave movimiento de mis labios sobre los suyos, el contacto, la humedad y compartir. Amor de verano.
