De viaje por la Vida

Thursday, November 02, 2006

Un viaje maravilloso


Después de una gran batalla, todos estabamos muy cansados, el rival había opuesto una gran resistencia. Mi casco y escudo estaban notablemente dañados y mi la hoja de mi espada estaba tan chata que no podría cortar una naranja. Mi legión, la extranjera había sabido resistir el ataque por la retarguardia durante las tres largas semanas de batallas. De pronto nos invitaron a ir a la playa, una larga bahía con una arena marrón. Era el ritual de sanación, algo nuevo para nosotros pues no veíamos carpas de enfermería ni nada. En lo alto de un peñazco un hombre empezó a tocar un caracol, paulatinamente todos empezaban a recostarse boca arriba, hicimos lo mismo. Apenas mi cabeza toco la tierra un cosquilleo recorría mi cuerpo. Granitos de arena recorrían mi piel y cubrían todo mi cuerpo, mis heridas una a una comenzaron a sanar. Mi sangre empezo a moverse tan rápido que mi corazón apenas bombeaba al ritmo que corría. Una gran tranquilidad empecé a sentir, a los pocos minutos la música cesó y la arena paro de bailar. Nos dirijimos todos a cenar. Esta tierra hermosa que nos tomó como sus hijos no había dado tanto, no había parado de sorprenderme. Aún así regresar a casa era un anhelo que poco a poco se sentía en el corazón. Por la tarde nos invitaron a la misma playa y me pidieron hojas de las que traíamos para refrescar nuestra agua de tiempo, unas hojas verdes y grandes que daban un buen sabor al agua que tomábamos, habíamos traido grandes manojos de nuestra tierra. Nos dijeron que pronto volveríamos a casa, algo que me sorprendió porque nuestros barcos habían sido destruidos. Entonces apareció el druida que nos dio largos cigarros. Empezamos a fumarlos y pronto percibimos el olor de nuestra planta, mientras tanto la charla se inició. Les agradecíamos todo lo que nos habían dado y ellos hacían lo mismo por nuestra ayuda. Poco antes de terminarnos el cigarro unos pequeños cangrejitos salieron de la arena y nos rodearon. Se acercaron como en un baile y con sus tenacitas tomaron los dedos de nuestros piés. Pellizco a pellizco nos iban deshaciendo, nada de dolor apareció, una vez terminaron con la uña empezaron con la carne, apareció la sangre, el hueso y empezaron a subir. Pronto me percaté que cada cachito nuestro se iba transformando en humo y seguía al del cigarro. El corazón se hacía grande, casi no cabía en mi pecho, una gran adrelanina, un ademán y adiós. Eramos puro humo que recorría el mar, nos fugamos de ahí y las corrientes nos dirigieron a casa. Llegamos al puerto y nos sumergimos en el mar, nos mezclamos con la arena y tomamos nuestra forma natural, salimos caminando por nuestro propio pie y volvimos con nuestras familias. Fin del viaje.

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