Hambre y sed.
Diez de la mañana, como todas las mañanas, como en todos mis últimos recuerdos, hace su triunfal aparición mi estómago. Desde su misma posición ha soltado aquello que me hace despertar, abro los ojos y el instinto me dice que es un nuevo día. Después de sentir el agua y el jabón en toda la piel me he secado, talqueado y perfumado. Repuesto del sueño y vestido, bajo a la cocina, buscando con que saciar ese órgano visceral. Dos huevos, un pan, yohurt, leche, jugo, todo lo empaqué para que dejara de hablar. Fue en vano, el sigue hablando, tal vez no lo quiero escuchar. Decido salir a caminar para despejarme un poco. En estas tierras donde caminar es salir al sol y conocer el sudor, puede resultar alucinante un paseo por las calles, sobre todo a medio día y sobre todo si de pronto sientes que tu estómago trata de articular palabras, balbucea, tartamudea, se desenvuelve.
Después de caminar 5 minutos caigo en cuenta que la voz se ha extendido al pulmón derecho, ahora el izquierdo, ahora la traquea, ahora el corazón, vaya que es contagiosa esta voz. Recorre también mis instestinos, la vejiga, las piernas, los pies, termina en las uñas. Parece un movimiento emancipador, una revuelta de inconformes, algo no esta bien. Se escuchan voces de cambio, de revolución, expresan la necesidad de amar, de vivir, de soñar, de construir de sufrir, de llorar, de gritar. De pronto, silenciante y aplastante ha venido una orden de acallar. Los deseos reprimentes de la mente han echo que toda esa fiesta, los bailes, los gritos, las voces, todo sea terminado.
Con el cuerpo empapado, emprendo el camino regreso a casa. Solo queda un leve rumor, regresará, todo aquello regresará, con mas fuerza y entonces ni la mente lo podrá parar. Porque esta hambre no la sacia un salmón, no la sacia un festín, es hambre de amor, de justicia, de solidaridad, de concordia. Un hambre aventurera y rebelde que ha nacido del corazón, pero que tal vez ha encontrado en mi estómago la mejor representación.

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