De viaje por la Vida

Wednesday, July 05, 2006

Escarabajo.


Una mañana, cuando el sol entra por el roido techo de palma, la luz cegaba mis ojos. El olor a mar y arena, como de costumbre, me hacía recordar que estaba en casa. Una chimenea apagada al fondo, una mesa, una silla, un ropero, completaban el cuadro de mi cuarto. Poco a poco caí en cuenta que quien hablaba era mi estómago, despacito susurraba que me levantara, que necesitaba recibir alimento. Mis piernas parecían ajenas porque ningún movimiento hicieron, menos aun mis brazos, ni mi torax, incluso mi cuello se quedó inmóvil. Era algo extraño, aunque yo sabía que debía levantarme, nada sucedía, creí estar en un sueño, estar fuera de mi cuerpo y mirar todo al rededor. De pronto, el sol mas intenso me hizo saber que era mentira, que en verdad estaba despierto, porque los ojos inmediatamente se cerraron, una luz cegadora quedó sobre ellos sin que puedieran distinguir algo, instintivamente cerré las pupilas y traté de pensar qué es lo que pudiera estar sucediendo. De pronto, toda mi piel empezaba a enconjerse, me asusté y traté de gritar, un sonido lastimero salió de mis entrañas y las pequeñas aves al rededor de mi palapa brincaron al vuelo y me quedé aún mas solo. Esperé algunos minutos a que alguien llegara, pero fue initul, solo gaste el tiempo en esperar. Cuando la piel estaba tan apretada a mis huesos que pensé se iban a quebrar, la garganta se me cerró poco a poco, cada milímetro era un anuncio lastimero de que mi último sonido en este mundo había sido un grito, ni un te quiero, ni un te amo, ni un te extraño. Pero la tristeza desde hacía ya tiempo que había entrado en mi vida y dispuesto a no dejarle mas traza, obligué al corazón a latir mas fuerte, a explotar si fuera necesario. Quería que corriera tan rápido como el tren que de niño me llevó a la ciudad, con su potente maquinaria, con la estela de humo, con el sonido de sus ruedas avanzando en la vía. Repentinamente el también paró, ahora solo me quedaba el cerebro apenas lúcido que empezaba a recordar toda la vida mía. Mi infancia, mi adolescencia, mi juventud, mi madurez y la última cena que había probado apenas ayer. Moría, y mi cuerpo también.